LA MODERNIDAD COMO EL PRINCIPIO DEL FIN DE LA INSTITUCIONALIDAD

Casi como una crónica de una muerte anunciada, es el ocaso en al que está sometida la Institucionalidad. Esto no se da por la institucionalidad en sí misma, si no por las nuevas generaciones,  que con su modernismo han  hecho de la institucionalidad, una burla.

Ya que todo lo que suena a institución pareciera que fuera en contra de los derechos individuales de las personas, pero tal como lo dijo el filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche en su libro El crepúsculo de los ídolos (1889):

“Nuestras instituciones ya no sirven: sobre este punto hay unidad. Pero eso no se debe a ellas si no a nosotros, después de haber perdido todos los instintos de lo que surgen instituciones como tales, dado a que nosotros ya no servimos para ellas el democratismo ha sido en todas las épocas la forma de decadencia de las fuerzas organizadora[1]”.

En nuestra incansable búsqueda de la libertad, hemos sacrificado casi agonizantemente nuestras instituciones y con estas, parte de nuestra seguridad jurídica, política y organizativa. Que puede brindarnos una de nuestras mayores instituciones como lo es el Estado. Cada día las instituciones pierden más poder ya que el amparo de los  derechos individuales termina por ahogar la fuerza de las Instituciones.

Tal vez hay que replantear la utilidad o la eficacia Institucional, y pensar en crear otras formas de Gobierno o de organización, mejor aún la trasformación o mutación de la institucionalidad   dando como eje central de la sociedad, la democracia como mandato institucional y el respeto personal como principio social. 

Queda claro que esto no es una crítica a la búsqueda angustiosa de las garantías individuales, sino la falta de competencia Institucional para poder garantizar esas libertades. Ya que el trabajo principal de esta es coaccionar ciertas libertades para garantizar un orden social. 

Uno de los ejemplos de esta situación, es la incapacidad del estado para garantizar la seguridad ciudadana, vamos a poner uno de muchos ejemplos; “según cifras de la secretaria de seguridad y convivencia de la  ciudadana en Bogotá cada cinco minutos sucede un  hurto” (Personería, 2018)  con esto queda en  entredicho la capacidad Institucional de proteger a los ciudadanos en su bienes y honra, incumpliendo así uno de los  principios del contrato social planteado por Thomas Hobbes, el cual establece que el ciudadano cede su  soberanía como persona al Estado y este en contra- prestación lo protege en sus bienes y honra. Vale la pena aclarar que las garantías estatales están en manos de la ciudadanía, con esto podemos concluir la necesidad de buscar cambios para no dejar morir un Estado agonizante.  

GERSON GONZÁLEZ DAZA


Friedrich Wilhelm Nietzsche – El Crepúsculo de los Ídolos

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